A simple vista, todo parece estar bien. Cumples con tu trabajo, respondes mensajes, asistes a reuniones, haces ejercicio, sales con amigas y hasta logras tachar pendientes de tu lista. Desde afuera, eres “productiva” y “responsable”. Pero por dentro, algo no encaja; el cuerpo está en alerta constante, la mente no se apaga y el descanso nunca es suficiente. Eso que muchas personas normalizan como estrés cotidiano tiene un nombre: ansiedad funcional.