¡Harta de la pandemia!

Por Marianella Cordero

Sí, estoy agradecida por la vida, pero después de un año llegué al límite de mi agotamiento mental y anímico y necesito desahogarme…¡Estoy harta! Ya no quiero ver más porcentajes, más estadísticas. Ya no quiero ni lavarme las manos. En serio, ya no quiero.

09/Marzo 2021

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Foto Getty Images
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Esta semana me he bañado todos los días. ¡Y me he perfumado! En vez de ropa deportiva, he alternado entre lo casual y unas blusas bonitas (aunque use pants o pantuflas, pero eso no se ve por zoom, así que no importa).

Hago cuentas con los dedos, tacho en el calendario y no lo puedo creer: ya vamos para un año de absurdo. Un año de que el mundo parece que se acaba poco a poco, pero que no se termina de acabar.

Debo confesar que a ratos he querido que nos arrase a todos una ola, como en las películas. Que nos caiga de una vez el meteorito, sin tanta agonía ni incertidumbre. Ya me falta el aire puro. Quiero respirar hondo y apretar fuerte a mis personas queridas.

Fue culpa mía. Por CNN, toda esa telenovela de españoles e italianos cantando en los balcones, me hizo suspirar y pensar “pobrecitos”. No la vi, no vi venir la ola de muerte que estaba contagiándose tan rápido, hasta que la tuve aquí en mi barrio. No lo vi venir. No lo vieron venir los que saben, no lo vieron venir los que deciden. Los médicos sí sabían, por eso morían, palidecían, o se encerraban a llorar después de la guardia, sin guantes ni mascarillas. Ellos sabían que esto iba a ser así.

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A ratos hice eco de los optimistas, también pensé que estar a salvo era suficiente, que eso había que agradecerlo. Por masoquista, hace unos meses me leí “La Peste”, de Albert Camus. Y obvio, quedé peor, porque me quedó esa idea de ir por las calles y tropezar con un cadáver o dos. Afortunadamente no ha sido así. Pero sí he perdido personas que no volveré a ver jamás. Que se me evaporen de repente se siente horrible. Ese ha sido el golpe más bajo de esta tragedia. Eso y que me siento vieja.

En menos de un año los calendarios me cayeron en la cabeza, me castigaron con insomnio, con un par de kilos que no sé de dónde, porque no he comido como debo, pero tampoco me da hambre. Ya me hice todas las mascarillas posibles, y este cutis no ha cambiado nada. Enciendo la tele con ilusión de que nos cuenten que ya hay “X” número de países completamente libres de virus. (No, no pienso decir su nombre).

Aquí estoy trabajando en casa, consciente que tengo una suerte tremenda. De que gracias a internet, una laptop y la electricidad, mi vida sigue bastante “normal”. Y sé que un día, en unas semanas, me llamarán para ser vacunada y también a mis papás. En eso pienso ahora: en vacunas.

Veo ropa bonita y pienso “para qué”. Me maquillo, y luego me digo “no gastés materiales”; hago planes de playa o siento que quiero viajar, y recuerdo que el virus está ahí, y donde esté mejor no voy. No se me ha olvidado que mientras yo vivo bastante normal, hay hospitales cuyo entrar y salir de pacientes es frenético. Que no todos salen curados, muchísimos salen en bolsas que nadie puede abrazar para despedir ni vestir. Porque aquella cantadera en los balcones no sirvió ni servirá para nada. Fuimos unos sentimentaloides. Cantar y aplaudir no cura.

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Me he propuesto poner el tiempo a mi favor: retomé la universidad (me siento muy tonta en clases virtuales, pero es eso o nada). Retomé un idioma que tenía abandonado. Y en el jardín puse una piscina inflable para niños, donde me meto a no hacer nada. Apenas quepo sentada, ahí me siento a leer y me hago la idea de que es un breve verano sin riesgos de contagio. Pero de que estoy harta, lo estoy.

A ratos quiero salir a la calle sin protección, comprar comida por ahí, chuparme los dedos sin pensar si me lavé las manos, hacer fila, ir a un concierto, salir afónica y sudada, compartiendo mi metro cuadrado con decenas de desconocidos eufóricos de rock. Ya está bueno de alcohol en gel, de toallitas y alfombras con desinfectante.

Aunque lo niegue un virólogo, la vida es ensuciarse, mezclarse, estorbar y que te estorben, recoger algo del suelo sin que te regañen, sudar, babear y aglomerarse. (Suena muy cavernícola ahora, pero lo añoro).

Quiero dar apretones de manos, quiero hacerle cosquillas a mis amigos y olerlos. Sí, extraño el olor de mis amigos, y estoy harta del olor de mi casa. Lo siento, es mi primera pandemia. Estoy agradecida pero harta. Y dicen que está bien que lo diga. Y si no lo está, qué más da. Ya lo solté.

Marianella Cordero

Corresponsal ESTILO

Costa Rica

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