El fin de la era Trump

Por Jerome Cartillier AFP

Durante cuatro años, los estadounidenses han presenciado, entusiastas, angustiados o asustados, el espectáculo sin precedentes de un mandatario showman al que le negaron una segunda oportunidad. ¿Las razones? Aquí algunas de ellas

09/Nov 2020

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"Algunas personas piensan que soy un verdadero genio". Con provocaciones, insultos y tuits burlones, Donald Trump escribió un capítulo completamente extraordinario en la historia de Estados Unidos.

Para su elección explotó los miedos y fracturas del país y los atizó durante toda su presidencia. Pero su legado quedará marcado como el de un presidente un sólo mandato, un duro golpe para un hombre que admitió no sabe encajar la derrota.

Durante cuatro años, los estadounidenses han presenciado, entusiastas, angustiados o asustados, el espectáculo sin precedentes de un presidente que llegó al poder con estruendo y que no se impuso ninguna restricción.

Este presidente "showman", que fue un síntoma y un multiplicador de los miedos del país, supo conectar con un sector de Estados Unidos que se sentía olvidado, pero siempre se negó, una vez instalado en la Casa Blanca, a asumir el rol de unificador.

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Incluso en el pico de la pandemia de covid-19, que se ha cobrado más de 233.734 vidas en Estados Unidos, cuando el país buscaba una voz estable y tranquilizadora, rechazó obstinadamente cualquier muestra de empatía.

El presidente de 74 años ironizó el uso de la mascarilla, desdeñándolo como un signo de las posturas políticamente correctas que busca evitar.

En su obstinación atacó sin pausa al doctor Anthony Fauci, el inmunólogo más respectado del país, que ha trabajado con cuatro presidentes y que se mantuvo de forma tenaz como la voz de la ciencia.

Minimizó la amenaza sanitaria presentándose como un "superman", incluso después de dar positivo y de haber estado hospitalizado, dejó pasar la oportunidad de mostrar compasión ante la pandemia.

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Un mandato plagado de escándalos

Las instituciones, a menudo abusadas, han demostrado su solidez y una serie de indicadores -empezando por las cifras de empleo- fueron buenos durante mucho tiempo antes del impacto devastador del coronavirus.

Pero su mandato estuvo plagado de escándalos, que contrasta fuertemente con el de su predecesor Barack Obama. El septuagenario de la larga corbata roja dañó la función presidencial, atacó a jueces, legisladores y funcionarios y alimentó tensiones raciales.

Más allá de fronteras, intimidó a los aliados de Estados Unidos, mostró una inquietante fascinación por los líderes autoritarios, desde Vladimir Putin hasta Kim Jong Un, y asestó un golpe brutal a la movilización contra el cambio climático.

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"Me divierto"

Propenso a las exageraciones, rostro triunfante de un populismo desenfrenado, el hombre que, según el escritor Philip Roth, utiliza "un vocabulario de 77 palabras", ha hecho perder el sentido de la mesura a sus admiradores y detractores.

El 45° presidente de Estados Unidos también sufrió la deshonra de un juicio político en el Congreso que quedará como una mancha indeleble.

"El show es Trump, y hay actuaciones con entradas agotadas en todas partes. Me divierto haciéndolo y seguiré divirtiéndome".

La frase, tomada de una entrevista que el magnate inmobiliario concedió a la revista Playboy en 1990, pudo haber sido pronunciada ayer. Y aplicarse a cada uno de sus días al frente de la máxima potencia mundial.

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Pinocho sin fondo

Este gran consumidor de hamburguesas y Diet Coke, que se había hecho conocido en los hogares estadounidenses gracias al 'reality show' "El aprendiz", aplicó sin descanso una regla simple: ocupar el espacio mediático, a cualquier costo.

Desprecio por la ciencia, estimaciones, falsedades: sus declaraciones obligaron al equipo de verificadores de datos del diario The Washington Post a crear una nueva categoría: "El Pinocho sin fondo", para afirmaciones falsas o engañosas repetidas más de 20 veces.

Desde el Ala Oeste de la Casa Blanca donde se concentran las oficinas presidenciales, Trump cavó la brecha entre dos Estados Unidos: el rojo (republicano) y el azul (demócrata).

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Desde el anuncio de su candidatura en 2015, indignó a la opinión pública al presentar a los inmigrantes irregulares como "violadores" y "criminales". Y durante la campaña de 2020 se presentó como el único garante del "orden público" ante la amenaza de la "izquierda radical" que amenazó que podría convertir a Estados Unidos en una "Venezuela a gran escala".

En un país al que le gustan los momentos de unidad nacional, por muy efímeros que sean, Trump muy pocas veces quiso encontrar el tono para sanar heridas, incluso después de un desastre natural o un tiroteo sangriento.

Siempre un ávido espectador de Fox News, lanzó virulentos ataques contra los medios a los que calificó de "corruptos" y "deshonestos" para atizar las divisiones.

Y en un hecho notable, el expropietario del certamen de Miss Universo es el único presidente en la historia cuyo índice de popularidad nunca superó la marca del 50% durante su mandato.

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Empresa de demolición

Tanto sus oponentes como sus partidarios están de acuerdo en un punto: Donald Trump, de hecho, ha cumplido algunas de sus promesas de campaña.

Tal como había anunciado, desechó una serie de tratados o pactos duramente negociados, entre los que destaca el Acuerdo de París firmado por casi todos los países del planeta en un intento por limitar el temido calentamiento global.

Pero esta fidelidad a los compromisos de campaña se hizo desde la demolición.

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Con respecto a sus iniciativas, el balance es más magro. En el tema del programa nuclear iraní, por ejemplo, rompió el duro acuerdo negociado por su predecesor, aumentó la presión sobre Teherán hasta la eliminación del poderoso general iraní Qasem Soleimani, pero nunca presentó una verdadera estrategia.

El gran plan de paz para Medio Oriente, encomendado a Jared Kushner, su yerno y asesor, nunca se concretó.

Sin embargo, puede jactarse de patrocinar la normalización de las relaciones del Estado hebreo con tres países árabes: Emiratos Árabes Unidos, Baréin y Sudán.

La muerte, en octubre de 2019, del líder del grupo yihadista Estado Islámico (EI) Abu Bakr al Bagdadi durante una operación estadounidense en Siria quedará sin duda como un hito de su presidencia.

Su mayor audacia, por la que estuvo soñando en voz alta con el Premio Nobel de la Paz, no tuvo el resultado esperado. Hubo dos cumbres con el líder norcoreano Kim Jong Un, hubo abrazos y complicidad durante una visita histórica a la zona desmilitarizada, hubo "química" y cartas "magníficas", pero el esfuerzo fue en vano. Nada cambió en el tema central de la desnuclearización.

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En la compleja y cambiante geopolítica del siglo XXI, Trump apuntó personalmente contra Justin Trudeau, Emmanuel Macron, Angela Merkel y Theresa May.

La advertencia más mordaz no provino de sus oponentes políticos, sino de Jim Mattis, jefe del Pentágono. En su carta de renuncia, este general recordó al presidente de Estados Unidos una simple regla de la diplomacia: "Tratar a los aliados con respeto".

Nacionalismo tambaleante

En un escenario político inédito que ningún conservador había pronosticado, Trump, con su capacidad de electrificar a su base electoral, se metió en el bolsillo al partido republicano, que inicialmente lo había subestimado o incluso ignorado.

A veces los legisladores del "Grand Old Party" (GOP, o Gran Partido Antiguo, el nombre del partido republicano) expresaron su desacuerdo, como con su actitud extraordinariamente conciliadora hacia Putin en Helsinki en 2018.

Pero, con el tiempo, cerraron filas en bloque. Para disgusto de algunas voces disidentes, como la del exsenador John McCain, quien, antes de su muerte en agosto de 2018, había advertido de la tentación del "nacionalismo tambaleante y falaz".

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Trump siempre operó bajo un principio simple: se está a favor o en contra de él, sin matices.

El exjefe del FBI, James Comey, brutalmente despedido por el mandatario, evocó en sus memorias a un presidente que somete a su entorno a un código de lealtad que le recordaba la actitud de los jefes mafiosos observada al inicio de su carrera como fiscal.

Escándalos en cascada

Nacido en Queens, Nueva York, educado en la escuela militar, Donald J. Trump se sumó a la empresa familiar después de estudiar negocios.

Contrariamente a la leyenda, no es un "hombre hecho a sí mismo". Después de la Segunda Guerra Mundial, su padre, Fred Trump, descendiente de un inmigrante alemán, ya había levantado un imperio en la ciudad de Nueva York construyendo edificios para la clase media en barrios populares.

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Y cuando el diario The New York Times reveló hace poco que Donald Trump había pagado solo 750 dólares en impuestos federales sobre la renta en 2016 y que muchas de las empresas habían acumulado pérdidas, su imagen como empresario exitoso se vio empañada de nuevo.

Padre de cinco hijos de tres mujeres diferentes, diez veces abuelo, Trump nunca ha dejado de elogiar públicamente a Melania, la exmodelo eslovena convertida en la "magnífica primera dama".

Pero las revelaciones sobre sus supuestas aventuras extramatrimoniales, particularmente con la estrella porno Stormy Daniels, y las acusaciones de agresión sexual dirigidas contra él, no encajan bien con su alabanza de los valores familiares repetidos palabra por palabra en cada encuentro con cristianos evangélicos.

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Apoyándose en un estrecho círculo familiar, pero también siempre poniendo por delante su "instinto", Donald Trump, cuya caída fue anunciada mil veces, ha sobrevivido a todos los escándalos.

Como si, de tanto acumularse, ya no lo afectaran.

En los negocios, en la campaña y en el arte de gobernar, Trump mostró su dotes de juego, mostrando hasta el final que tiene una asombrosa resiliencia.

Hasta el día que una derrota en las urnas lo privó de lo que había descrito como "cuatro magníficos años más en la Casa Blanca".

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