Ha pasado ya más de medio siglo desde que Carlos Hernández López —dueño de un físico de actor de cine y un carácter de fiera— inició una revolución en el país: convertir el rigor del entrenamiento militar en rutinas de gimnasia.
Como si hubiesen sido extraídos de las páginas de La ciudad y los perros o de una escena de Full Metal Jacket, sus alumnos se convertían durante media hora en reclutas. No había piedad para nadie; su única meta era transformar cuerpos y mentes en busca de la excelencia.
Sin recurrir jamás a la publicidad, Hernández López se convirtió en el pionero del fitness en los años 70. Ya para la década de los 80, todos hacían fila para entrar a su gimnasio.
Poco importaba lo complicado que resultara trasladarse al centro de Tegucigalpa. Desde las siete de la mañana hasta las ocho de la noche, "El Gato" —ubicado frente a la antigua Armería en el Barrio Abajo— reunía a la clientela más sofisticada de la capital.
En busca del padrino
De nada servía pagar el año por adelantado. La única forma de entrar al Gato era teniendo un Padrino. Era tan irreverente como ingenioso y convirtió al gimnasio en una especie de academia exclusiva, reservada solo para los mejores. Para quienes buscaban una sola cosa: el cuerpo soñado, sin importar su carácter ni el rígido trato militar.
Con una formación en el extranjero, en la Universidad Militar Politécnica de México, El Gato se especializó en inteligencia militar y, quizá, fue el único entrenador con nivel olímpico que tuvo Honduras con expertise en varios deportes. Dominar diversas disciplinas —boxeo, gimnasia olímpica, natación, levantamiento de pesas— le permitió crear el gimnasio del que todos querían formar parte en los 80s y 90s.
En el nuevo milenio y ya ubicado en su casa propia, en la colonia Palmira, —edificio diseñado por el reconocido arquitecto Pupy Paredes QDDG,— el gimnasio podía recibir holgadamente a la creciente demanda, que muchas veces incluía a la tercera generación de sus alumnas.
El Gato sin el Gato
El 21 de noviembre de 2018, tras una larga y dura batalla contra el Parkinson, falleció quien para muchos fue el alma del Gimnasio. Sin embargo, fiel a su disciplina, El Gato se anticipó a todo, incluso a su propia partida. “Toda una vida mi papá nos preparó para este momento”, recuerda su primogénito, Vladymir Hernández.
Ocho años después, las clases no han parado, ni siquiera durante la pandemia. “Mi papá fue un hombre adelantado a su época, nada de lo que hacía era improvisado. Cada uno de mis hermanos se especializó en diversas disciplinas y juntos hemos logrado mantener viva su esencia.”
Competir con una persona que ya no está físicamente resulta un desafío enorme. “Sus zapatos son muy grandes de llenar, y eso se convierte cada día en una aventura”, dice Vlady, a quien muchos aún recuerdan como al niño de diez años que correteaba por el gimnasio. Fue también él quien tuvo el privilegio de desentrañar el misterio y el magnetismo que su padre imprimía en cada rutina.
“Más allá del maestro, amigo, entrenador y confidente, El Gato para mí era simplemente mi papá. Se hizo responsable de criar a cuatro de mis seis hermanos. Todos llevamos su sello. Nos inculcó disciplina y nos preparó con una visión adelantada a su tiempo para seguir sus huellas.”
Muchos ejercicios “novedosos” que hoy se asocian a pilates, entrenamiento funcional o CrossFit, él ya los practicaba hace décadas. Sus alumnas, algunas con más de cuarenta años siguen su legado.
Una cierta magia
La signature del gimnasio siempre fueron los resultados que obtenían sus alumnas —y luego cada vez más alumnos— quienes terminaron formando lo que muchos llaman “la gran familia del Gato”.
Había una magia particular en sus rutinas: el ritmo, la precisión, la intensidad adecuada según cada objetivo y la MÚSICA. “Cada curso estaba diseñado con meticulosidad, sin margen de error. Él creaba una armonía perfecta entre el ejercicio y una canción. Una vez que las alumnas agarraban el ritmo, los resultados eran visibles.”
Algunas rutinas se enfocaban en cintura o brazos, otras trabajaban varias zonas a la vez, pero todas perseguían el mismo ideal: una cintura pequeña, piernas y derrière tonificados y una postura impecable —la verdadera obsesión del Gato. A los cinco minutos ya el sudor corría por la nuca; a los treinta, cualquiera parecía recién salido de la ducha. ¿Cómo era posible lograr eso en apenas 25 o 30 minutos?
“No era un trabajo fácil. Hoy conservamos el legado de 300 rutinas con dedicatoria, algunas incluso con nombre propio, inspiradas en sus alumnas guías. Mi papá pasaba horas frente al equipo de sonido escogiendo cada canción. Todo lo hacía con cronómetro en mano. Al principio trabajaba con doble casettera —muy artesanal— hasta que poco a poco fue modernizando el sistema”, comenta Vlady.
Una nueva era con tres Gatos
Abril marca un antes y un después para quienes se identifican con el logo El Gato VIP. El edificio que fue durante décadas el epicentro del fitness y que albergó a expresidentes, primeras damas, políticos, periodistas y varias generaciones de jóvenes, fue vendido, abriendo paso a una nueva etapa.
La nostalgia es inevitable. Tantas historias, encuentros, amistades, noviazgos y generaciones que crecieron entre esas paredes... Son memorias que ahora regresan con fuerza, porque el espacio físico ya no existirá. “Pero el legado del Gato somos nosotros, sus hijos. A partir de ahora, cada uno ofrecerá su mejor versión del Gato: mi hermano Damián con levantamiento de pesas; mi hermano Gabriel con las rutinas de mi papá; y yo, que me he especializado en entrenamiento funcional”, expresó Vlady.
Antología de un extraño
El Gato fue un hombre multifacético. Durante sus 79 años no solo revolucionó la forma de entrenar, también exploró su lado creativo a través del arte ectoplasmático, el que desarrolló combinando químicos, óleos, obturador y materiales reciclados. Sus obras, con un toque místico entre el realismo mágico y la ficción, fueron expuestas en la Galería Tríos bajo el nombre “Antología de un extraño.”
Testimonios
Lissette del Cid de Asfura — Primera Dama de Honduras
“El Gato era muy estricto. Se tomaba en serio su trabajo y siempre nos exigía la milla extra. La camaradería entre las alumnas era muy bonita, y recordarlo siempre me dibuja una sonrisa. Una vez me impuso uno de sus famosos castigos por recomendar a una amiga que era muy indisciplinada: ‘Castigada con 200 paracaídas’, me dijo- al mejor estilo militar. Quedaba una extenuada. Fue un entrenador inolvidable.”
Natalie O’neil
“Mis papás, mis hermanas, mi esposo y ahora mis hijos nos sentimos parte de su familia. Entré al gym a los 10 años, son 43 años ininterrumpidos. ¡Toda una vida! Estoy con el corazón roto y llena de nostalgia. El legado que dejó va más allá del bienestar físico. El Gato nos enseñó disciplina, coraje y perseverancia. Es una referencia del fitness en Honduras.”
Natalie continúa al frente de las rutinas de la tarde.
Suyapa Velasco
“En mis casi 30 años como alumna del gimnasio, lo que más agradezco es haber aprendido que la constancia y la disciplina son el pilar de una salud integral. El Gato fue ejemplo en el sentido pleno de la palabra: nunca faltó, siempre estuvo presente. El gimnasio no solo era para ejercitarnos, sino también un lugar para formar amistades duraderas. Muchos de sus ejercicios, que él creó hace casi 40 años, hoy recién empiezan a popularizarse. La ausencia del Gato es triste, pero su legado permanecerá siempre.”
Suyapa Velasco continua como guía en la clase de la noche.
Rafael Barrientos
“Un ser humano tan adelantado a su época. Agradezco la confianza que me dio para darle un giro a las rutinas y ponerles más ritmo. Aprendí del gran maestro y me siento honrado. La rutina RAKADI —Rafa, Karla Avilés y Diriam Alfaro— fue nuestro aporte al gimnasio.”
Verónica Cáceres de la Rocha
“Yo llegué ya adulta, como en 2004. Me dijo una amiga: ‘metámonos al Gato, pero dicen que es bien malcriado’, y yo pensé: ¿y qué? El primer día fue horrible: la corrida, los cohetes... los ejercicios de piso ni podía hacerlos. Me mandó quince días a hacer otra rutina. Me diseñó un plan especial y en un mes mejoré muchísimo. Nos ponía el famoso foco. Él nos trató con cariño. Era estricto, sus gritos y su foco formaban parte del régimen. Dejó huella.”
Sofía Agurcia
Comencé en mi adolescencia cuando aún estaba en el Barrio Abajo. Fui alumna del gimnasio por mas de diez años. Siempre recuerdo la curiosidad de saber cual iba a ser la rutina del día y la felicidad de saber que era una de aquellas preferidas. En mi caso, me encantaban Pretty Baby, Romeo y Julieta, Los Clásicos, y Mona Lisa. Yo creo que eran preferidas también de muchas otras personas. No se me olvidan las catas ni cuando después de las rutinas de los viernes, tocaba meditar escuchando Desiderata. Y no se diga los sustos de los cohetes para comenzar el calentamiento.
En tres palabras
Felipe Dánzilo: Único, Divertido, Eficaz
Carlos Sierra: Perseverancia, Dedicación, Diciplina.
Sus métodos incluían lanzar cohetes, iluminar con un foco a quienes no seguían con buen ritmo las rutinas y castigar a sus alumnos con paracaídas- cuclillas en la barra.